por Adriana Celis
Eran las once de la mañana del domingo 26 de abril de 2026 cuando el silencio comenzó a sentirse distinto dentro de College Mennonite Church que es miembro de la Conferencia Menonita de Indiana-Michigan de Mennonite Church USA, en Goshen, Indiana. No era el silencio habitual antes de una prédica. Era un silencio más lento, más pesado. El silencio de las despedidas.
Desde las primeras bancas, algunos miembros de la congregación observaban a David caminar hacia el púlpito con la misma Biblia que lo había acompañado durante décadas. El cuero oscuro de la portada estaba desgastado en las esquinas y varias páginas sobresalían dobladas entre anotaciones escritas a mano, fechas marcadas y sermones preparados en madrugadas interminables.
¨David, respiró profundamente antes de hablar.¨
Aquella no sería una prédica cualquiera. Después de más de 36 años de ministerio pastoral, ese domingo marcaría el cierre de una vida dedicada al servicio, al acompañamiento espiritual y a la construcción de comunidad entre familias migrantes latinoamericanas en Estados Unidos.
Por un instante, mientras acomodaba sus hojas que contenian su sermón y observaba a la congregación, pareció viajar décadas atrás. Como si estuviera viendo una película en retrospectiva, recordó los años en que apenas era un joven de 23 años con más preguntas que certezas, enfrentándose al llamado pastoral sin experiencia, sin recursos y con miedo.
Pero aun así dijo: Sí.
La decisión que transformó su vida
Mucho antes de convertirse en pastor, David era simplemente un joven tratando de encontrar dirección en medio de las dificultades de la vida. Todavía recuerda el momento en que Héctor Muñoz le habló por primera vez sobre Jesucristo. Aquella conversación, aparentemente sencilla, terminó convirtiéndose en el punto de partida de una historia que marcaría no solo su vida, sino también la de cientos de personas que encontrarían refugio espiritual en sus iglesias.
Con el paso de los años, David entendió que el ministerio no era únicamente predicar desde un púlpito. También significaba escuchar el dolor ajeno, acompañar funerales, celebrar matrimonios, visitar hospitales, ayudar familias migrantes y sostener comunidades enteras en medio de la incertidumbre.
Durante décadas dividió su vida entre el trabajo vocacional como constructor y el pastorado. Muchas veces terminaba jornadas físicas agotadoras y aun así llegaba en las noches a liderar estudios bíblicos, reuniones pastorales o encuentros de oración y luego tener cuidado de su familia.
Había días en los que sus manos conservaban marcas de martillazos, cemento y mucho cansacio corporal mientras sostenía una Biblia frente a la congregación.
Los retos invisibles del pastorado
Hablar del pastorado suele romantizarse desde afuera. Sin embargo, detrás de cada sermón existen retos que se vuelven cargas emocionales, económicas y espirituales que pocas veces son visibles para quienes observan desde las bancas.
¨David aprendió eso desde muy joven.¨
Las expectativas constantes de la congregación, las limitaciones financieras, las diferencias culturales, el idioma y las necesidades emocionales de las personas terminaron convirtiéndose en desafíos permanentes dentro de su ministerio. Aun así, nunca abandonó la convicción de servir. Uno de los retos más grandes llegó durante sus años en la iglesia Menonita Arca de Salvación que pertenece a LMC, en Fort Myers, Florida. La iglesia estaba conformada en gran parte por familias migrantes provenientes de Guatemala, El Salvador, México y distintos países de Suramérica. Muchas personas llegaban cargando miedo, nostalgia, pobreza y profundas heridas emocionales derivadas de la migración.
¨Los recursos eran limitados. La iglesia ni siquiera contaba con un santuario propio. Pero David decidió actuar.¨
Lejos de resignarse, comenzó a gestionar la construcción de un templo que pudiera servir no solo como lugar de adoración, sino también como refugio para quienes necesitaban apoyo espiritual y humano. Con el tiempo, aquel santuario terminó convirtiéndose en un espacio de encuentro para familias enteras que buscaban reconstruir sus vidas lejos de sus países de origen.
Construir puentes en tiempos de migración
Con los años, David entendió que trabajar con comunidades migrantes requería mucho más que liderazgo espiritual. Exigía empatía. Aprendió a escuchar acentos distintos, historias atravesadas por la separación familiar, ser flexible frente a la cultura latinoamericana y experiencias marcadas por el miedo a la discriminación. Entendió que detrás de cada persona existía una historia de supervivencia.
¨Crear puentes era más importante que levantar muros¨ repetiría años después. Esa visión terminaría marcando profundamente su trabajo pastoral.
Cuando llegó a College Mennonite Church en 2018, encontró una nueva realidad migratoria: el creciente número de ciudadanos venezolanos que llegaban a Estados Unidos buscando estabilidad y nuevas oportunidades. David comprendió rápidamente que aquella situación no podía ignorarse.
Junto a su esposa, Madeline Maldonado, y el equipo pastoral de alcance a la comunidad, comenzaron a desarrollar proyectos enfocados en acompañar a las familias migrantes. Organizaron espacios de discipulado cristiano, orientación sobre derechos migratorios, educación financiera e inglés como segundo idioma donde promovieron el estudio en Goshen College. Poco a poco, el trabajo comunitario comenzó a unir venezolanos, colombianos, mexicanos, hondureños, argentinos y miembros angloamericanos de la iglesia en un mismo espacio de fe.
¨Más allá de las diferencias culturales, la congregación comenzó a convertirse en una comunidad compartida¨ manifieta David.
La familia detrás del ministerio
David nunca habla de su historia sin mencionar a Madeline su esposa. A lo largo de los años, ella se convirtió en su principal compañera de ministerio, sosteniéndolo en medio del cansancio, las responsabilidades pastorales y las dificultades económicas. Juntos construyeron una familia numerosa conformada por sus hijos Christopher, David Lee, Jacob, Joel, Alicia, Christy y Alberto —quien falleció tiempo atrás—, además de 23 nietos y un bisnieto.
Para David, el ministerio nunca fue un esfuerzo individual. Siempre fue una construcción colectiva sostenida por la fe, la familia y la comunidad. Aunque reconoce que el pastorado trae enormes sacrificios, también insiste en que ha sido fuente de profundas alegrías, en especial cuando ha visto a Dios obrar en la vida de cada persona.
El último “gracias, pastor”
Aquella mañana del 26 de abril, mientras terminaba su última prédica, David observó nuevamente a la congregación. Frente a él estaban las mismas personas que durante años lo vieron participar en bautismos, ceremonias de graduación, matrimonios, funerales y momentos de crisis familiar. Muchos habían llegado siendo niños. Otros encontraron en la iglesia un hogar lejos de sus países de origen. Al finalizar el servicio, el templo se llenó de abrazos, lágrimas y aplausos. Entonces ocurrió algo que David difícilmente olvidará.
En una sola voz, la congregación —latinoamericanos y angloamericanos reunidos como una misma comunidad— pronunció las palabras que resumían más de tres décadas de servicio:
—Gracias, pastor.
Y por un instante, el silencio volvió a llenar la iglesia. Pero esta vez no era un silencio de despedida. Era el silencio profundo que deja una vida entregada al servicio de Dios y los demás.




