por Adriana Celis y Javier Márquez
El 2026 comenzó con intensidad. Como ocurre cada inicio de año, llegó cargado de expectativas, ilusiones y deseos de cambio, pero también de incertidumbres y desafíos profundos. Empezar un nuevo ciclo suele despertar en nosotros el anhelo de una vida distinta: aprender nuevas habilidades, cuidar mejor el cuerpo, encontrar un nuevo empleo, retomar la vida de fe, acercarnos más a Dios, alimentarnos mejor. La lista parece no tener fin.
Cada enero nos llenamos de propósitos y resoluciones. Las conocidas New Year’s Resolutions. Sin embargo, muchas veces estas metas, en lugar de motivarnos, terminan convirtiéndose en una fuente de presión y frustración. Por eso, más que hablar de resoluciones perfectas, vale la pena hablar de procesos: caminos largos, reales, donde hay avances y retrocesos, aprendizajes y pausas necesarias.
Si somos honestos, ¿cuántas veces quisiéramos que el calendario fuera mágico y que todo cambiara simplemente porque empezó un nuevo año? Pero la realidad nos recuerda que el cambio verdadero no ocurre de la noche a la mañana. Lo que sí podemos sostener es la convicción de que Dios es fiel a sus promesas y que camina con nosotros en cada etapa, incluso cuando el proceso se vuelve pesado.
El valor de lo pequeño y lo constante
A lo largo del año —y de los años— solemos llenarnos de grandes ideas y promesas ambiciosas. Muchas de ellas, tristemente, se quedan en el camino. Es aquí donde cobra sentido el valor de lo pequeño y lo constante: los pasos diarios, las decisiones sencillas, los hábitos invisibles que, con el tiempo, transforman.
No se trata de hacerlo todo perfecto, sino de seguir caminando, incluso cuando el progreso parece lento. Lo pequeño, cuando es constante, también es profundamente transformador.
La esperanza no siempre se siente, se decide
Hay días en los que la esperanza no se manifiesta como emoción. No se siente en el ánimo ni en las fuerzas. En esos momentos, la esperanza se convierte en una decisión: elegir confiar, elegir seguir, elegir creer que Dios sigue obrando aun cuando no lo vemos con claridad.
Este nuevo año no tiene que ser un año de magia instantánea, sino un año de procesos reales. Procesos que requieren paciencia, fe y perseverancia. Olvidar las cosas pasadas y mirar hacia adelante no significa negar lo vivido, sino aprender de ello y continuar con la certeza de que cada paso cuenta.
Esperanza activa
Al iniciar este 2026, hubo momentos que llegaron acompañados de noticias poco tranquilizadoras. Y es que el mundo sigue marcado por violencias, polarización, migraciones forzadas, guerras persistentes y profundas desigualdades que hieren la dignidad humana. Muchas familias comienzan el año con temor: temor por la economía, la seguridad, el futuro de sus hijos y la fragilidad de la vida misma.
Sin embargo ante este contexto, como iglesias menonitas y anabautistas, estamos llamadas a preguntarnos qué tipo de fe estamos cultivando y ofreciendo al mundo.
La fe cristiana es, sin duda, una fe que encuentra refugio en Dios. Jesús nos invita con ternura: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mateo 11:28). En medio del ruido y la incertidumbre, Cristo sigue siendo nuestro refugio seguro, el lugar donde el alma cansada encuentra consuelo y fuerza. Necesitamos espacios de oración, silencio y cuidado comunitario donde podamos sanar y recordar que no caminamos solos.
Pero una fe que se queda únicamente en el refugio corre el riesgo de volverse evasiva. El evangelio no nos llama a escondernos del mundo, sino a encarnarnos en él con valentía y amor. Jesús no solo dice “vengan a mí”; también nos envía: “Ustedes son la luz del mundo… así alumbre su luz delante de todos” (Mateo 5:14–16).
Como comunidades anabautistas y menonitas, heredamos una tradición que insiste en una fe vivida, visible y transformadora. Una fe que ama al prójimo no solo de palabra, sino con acciones concretas de cuidado, hospitalidad y justicia. Amar al prójimo implica acercarnos al herido del camino, al migrante, al excluido, y también denunciar las estructuras que producen sufrimiento e inequidad.
Este 2026 nos desafía a no dejarnos gobernar por el temor. La esperanza cristiana no es ingenua ni pasiva: es una esperanza que actúa. Creemos que Dios sigue obrando en la historia y que el Espíritu nos capacita para ser testigos de la reconciliación, la paz y la justicia.
Que este nuevo año nos encuentre como comunidades arraigadas en Cristo, fieles en los procesos, valientes en el amor y firmes en la esperanza. Que seamos refugio para los cansados y luz para un mundo que la necesita con urgencia.



