por Adriana Celis
El amor es, por excelencia, uno de los temas más presentes en los hogares, en la escuela y, por supuesto, en las redes sociales. Se habla de él como una promesa de felicidad, como un destino casi inevitable. Paradójicamente, también se ha convertido en un negocio altamente rentable que atraviesa el arte, el entretenimiento, la música, el cine y la literatura, siempre acompañado de su opuesto inevitable: el desamor.
En medio de tantas ideas sobre el amor, pocas veces se habla de lo que ocurre cuando duele. Porque sí, el amor también hiere. Y duele en proporción a la intensidad con la que se ha amado. A veces deja marcas profundas, heridas invisibles que solo el tiempo, la resiliencia humana y, para muchos, el poder sanador de Dios mediante su Espíritu Santo logra transformar.
Un instante que marcó el comienzo
Aurora Parchmont no siempre creyó en los finales felices. Hubo un tiempo en el que las heridas de su pasado le hicieron pensar que sanar no era posible y que un amor genuino —de esos que cuidan, respetan y permanecen— simplemente no estaba hecho para ella.
Pero su historia dio un giro inesperado en un lugar poco probable.
Fue en un centro de detención migratorio en Texas, donde conoció a Alberto Parchmont, el hombre que hoy es su esposo. En medio de la incertidumbre, los procesos legales y la espera, surgió algo que ninguno de los dos había planeado: una conexión real.
Aurora recuerda que Alberto también atravesaba un momento complejo. Se encontraba allí, a la espera de una decisión sobre su situación migratoria, pero, al mismo tiempo, vivía un proceso de transformación espiritual profunda. Lo que comenzó como una conversación sencilla fue creciendo poco a poco hasta convertirse en una amistad significativa.
En aquel entonces, la comunicación no era inmediata. No había mensajes instantáneos ni videollamadas constantes. Había, en cambio, llamadas a larga distancia que Aurora esperaba con paciencia desde su casa, sosteniéndose en la esperanza de volver a escuchar su voz.
Cuando Alberto finalmente salió del centro de detención, lo que habían construido no se desvaneció. Por el contrario, se fortaleció. Decidieron caminar juntos, aun sabiendo que el camino no sería fácil.
Vida conyugal: amar también es sanar
“El amor es raro”, dice en la canción Labios Rotos de Zoé: “es raro el amor que se te aparece cuando menos piensas, no importa la distancia, el tiempo, ni la edad” Y eso fue precisamente lo que vivieron Aurora y Alberto.
Decidieron construir una vida juntos, pero el amor no llegó solo; vino acompañado de desafíos, inseguridades y heridas que aún necesitaban ser sanadas.
“Mis heridas me gobernaban y yo era presa de ellas”, confiesa Aurora.
Hubo momentos difíciles. Etapas en las que el enamoramiento se enfrentó a la realidad, donde las máscaras caen y cada persona se muestra tal como es. En ese proceso, la paciencia y el cuidado de Alberto fueron fundamentales, pero también lo fue algo más profundo.
Aurora reconoce que el amor humano tiene límites. No siempre lo puede todo. Pero el amor de Dios —dice— sí los sostuvo cuando parecía que todo podía romperse.
Ese encuentro con Dios marcó un antes y un después en su vida. Ocurrió en la iglesia menonita del Cordero, en Brownsville, Texas. Allí, Aurora no encontró a un Dios distante ni severo, sino a un Padre cercano: uno que abraza las heridas, las limpia, las cuida y, con el tiempo, las redime.
No fue un proceso inmediato ni lineal. Fue un camino. Uno que comenzó con una decisión sencilla, pero profunda: “te acepto como mi Dios y Salvador”. Desde entonces, su historia ha estado marcada por una restauración constante.
Hoy, Aurora afirma con convicción lo que expresa el Salmo 147:3: “Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas”.
Ministerio y familia: una vida transformada
Con el paso del tiempo, esa transformación también alcanzó otras áreas de su vida. Aurora y Alberto formaron una familia numerosa: tres hijos, cuatro hijas, 23 nietos y un bisnieto.
Fue en la iglesia del Cordero donde el pastor Conrado Hinojosa vio en ellos un potencial que quizá ellos mismos no habían reconocido del todo. Fue él quien los animó a dar el paso hacia el ministerio pastoral.
Sin embargo, entendieron que este llamado implicaba mucho más que vocación: requería preparación, responsabilidad emocional y compromiso con su familia. Por eso, decidieron formarse.
Sus estudios en el Instituto Bíblico Anabautista IBA y el Seminario Bíblico Menonita Anabautista AMBS les brindaron herramientas sólidas para enfrentar los desafíos teológicos, sociales y espirituales del mundo actual.
Su vida es un espejo del continuo aprendizaje
Hoy, Aurora y su esposo sirven como pastores en Casa del Alfarero en Pasadena, Texas, y en Casa de Restauración en Houston, Texas, de la Conferencia Western District. Han caminado juntos en el ministerio, sosteniéndose mutuamente y acompañando a otros en sus propios procesos de fe y sanidad.
Desde su experiencia, Aurora hace una invitación clara: acercarse a Dios, especialmente en tiempos difíciles. Recordando que Él no es indiferente al dolor humano, sino un Dios de paz, cercano al afligido y al marginado, y distante únicamente del orgullo que impide reconocer la necesidad de sanar.




